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martes, 3 de abril de 2018

En Medellín se quedaron para siempre las voces del tango

El lunfardo, creado en Buenos Aires por presidiarios, aún tiene vigencia en el habla cotidiana.



Sorprende que en Medellín el hablar de los jóvenes, en pleno siglo XXI, todavía esté impregnado de expresiones de comienzos del siglo pasado.

Extraña más que esas palabras nacieran a miles de kilómetros de distancia y que el vehículo de transmisión que las hizo populares, décadas atrás, fue una música que muchos nunca escucharon y quizá algunos nunca lo harán: el tango.
En los barrios de la ciudad, sin distingo de clase social, un argot, que llegó desde Argentina a través del tango, modificó las expresiones del hablar cotidiano.
Esa germanía porteña del arrabal que se instaló e incluso se transformó a través de los años, es el lunfardo.
Pero ¿qué condiciones tiene un lugar tan alejado del Río de La Plata, como Medellín, para que el lunfardo, nacido en los conventillos del puerto y creado por malevos y presidiarios, para burlar la acción de las autoridades, se haya establecido y hoy sea parte del acto comunicativo cotidiano?
Medellín en las décadas del veinte, el treinta y el cuarenta del siglo XX, se convirtió en el polo de desarrollo industrial más importante del país. El afán de progreso hizo que el departamento fuera el escenario de grandes proyectos como la construcción de la vía al Mar o la del Ferrocarril de Antioquia (inaugurado en 1929).
Estas obras, que se abrieron paso a pico y pala, demandó de una gran fuerza de trabajo y esa mano de obra llegó desde el campo.
Y fue en las fondas y estaderos que se improvisaban al lado de las grandes obras donde los trabajadores se sentaban a descansar de las largas jornadas de trabajo.
Por esos días la industria discográfica, que en su mayoría de desarrollaba en Nueva York, con compañías como Columbia y RCA Victor, editaban discos con tangos y con aires musicales colombianos. Por una cara del acetato se imprimía un vals, un bambuco o una guabina y por el otro se prensaba un tango.
Las penas de amor, el desengaño, el desarraigo y la marginalidad de muchas letras que escuchaban a la vera del camino identificó a esos obreros. Hicieron como propia una música que se difundía por el mundo y de una vez empezaron a adoptar algunas expresiones que, si bien en un comienzo no entendían, asociaban con el contexto de las letras y las usaron en su hablar cotidiano.
“Estos discos que se tocaban en victrolas u ortofónicas de manivela tuvieron acogida también en las zonas rurales. Los trabajadores de la vía al Mar y del Ferrocarril de Antioquia se reunían a escuchar las canciones y a tomar aguardiente. Aunque no entendían las letras de los tangos no le daban importancia, porque creían que esa también era música colombiana”, comenta Juan Manuel Serna Urrea, lingüista y estudioso del tango.
Esa marcada influencia tanguera, reforzada con las visita de Carlos Gardel a la ciudad acrecentaron el gusto por el tango entre los medellinenses. Esto, sumado a la posterior muerte del cantor, el 24 de junio de 1935 en el campo de aviación Las Playas, impulsó el género y por ende este tipo de expresiones lunfardas que hacían carrera con las letras de las canciones.
“La respuesta de que Medellín se convirtió en la capital del tango tras la muerte de Gardel es un argumento alejado de la realidad. Si en la ciudad no hubiera existido un fervor por el tango tan inmenso no habrían invitado al artista ni le habrían rendido la pleitesía con la que abrumaron al cantante”, agrega Serna.
A mediados del siglo pasado, por la violencia política que azotaba los campos colombianos, se produjo una de las migraciones internas más grandes de la historia colombiana. Muchos obreros y campesinos agobiados por el lastre de los conflictos políticos y sociales nunca más volvieron a sus terruños.
Buscaron un futuro en la ciudad creciente que les brindaba el sueño de un empleo, un oficio y la esperanza de una estabilidad familiar.
Los nuevos pobladores de las urbes se asentaron en las periferias de ciudades como Medellín. Allí empezaron a abrirse paso en su nueva vida. Su cotidianidad hizo que esos términos ya acuñados en su habla del día a día empezaran a calar en la ciudad.
“Existe un elemento de carácter social fundamental: los sectores populares, acuciados por su marginalidad o por su angustiante desarraigo, se ven proyectados en letras del tango que se convierten en un arma, en un panfleto en el cual denunciarán todas sus urgencias, en una prolongación de sí mismos, imposible de concebir como ajenas”, dice el profesor Omar Rendón Uribe, en su obra Medellín, lenguaje callejero y tango, de 1995.
Para Rendón, el ‘tango fuerte’, como se le decía en Medellín al tango con letras lunfardas, “irrumpe con fuerza en los años cincuenta en las voces de Edmundo Rivero, Julio Martel, Alberto Echagüe y Óscar Larroca, entre otros”.
Estos tangos, ya en la ciudad, empezaron a meterse en el habla cotidiana de los habitantes de la ciudad. En las cantinas que, entre 1950 y 1980, tuvieron un papel preponderante en la vida barrial.
“En el momento en que ese tipo de tango, que era una experienca de sectores populares, fue apropiado por esas personas y del sentido de esas palabras que era mantener una especie de lenguaje cifrado que no estuviera al alcance de toda la gente”, asegura Orlando Mora, abogado, crítico de cine y cultor del tango.
Las expresiones lunfardas, a través del tango y de otros fenómenos sociales, como el narcotráfico (que arrancó con la bonanza marimbera), hizo que los jóvenes, primero en las barriadas y después en toda la ciudad echaran mano de esos términos.
Y así se cotidianizaron palabras lunfardas como amurado (encarcelado, ansioso), tombo (vesre de botón, que era policía), fulero (persona que obra de mala fe), gato (de escasos medios), cana (cárcel), lleca (vesre de calle), engrupir (engañar), campanear (vigilar), tirado (sin plata), tira (policía secreto), bacán (persona adinerada) y pichar (deformación de pinchar, que es tener relaciones sexuales), entre muchas otras que todavía se usan.
Para Mora, toda la evolución del habla popular de Medellín está marcada por el tango. “Esas expresiones nunca se han ido. Ahora se han inventado otras palabras, pero al final, la forma de hacerlo es la misma experiencia”.
Las palabras trascendieron el género musical y sobrevivieron. En boca de algunos jóvenes, y otros no tanto, el lunfardo sigue vivo.
eltiempo.com

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